El Viejo Tocadiscos.

Poníamos el viejo tocadiscos cada noche, no importaba el disco. Ella bailaba y bailaba para mi y con dos copas de mas era yo quien bailaba para ella. Bailábamos todas las noches pero nunca juntos, era un juego, un juego genial. Y cada noche era diferente, disfrutaba mirándola, ella se reía mucho cuando era yo quien bailaba tropezándome con todo.

Nos daba igual que sonara el teléfono o que nos llamasen a la puerta para que bajáramos el volumen o que los vecinos nos pegaran voces. Solo importaba bailar y bailar al son del viejo tocadiscos, y reír, reír toda la noche.

El resto del día no nos soportábamos, nos odiábamos, no podíamos aguantarnos, esperábamos cada noche a que saliese la luna para poner el viejo tocadiscos y olvidarnos de todo mientras bailábamos y bailábamos. Era el único momento del día en que disfrutábamos juntos ¡incluso nos reíamos!. Era un juego genial… genial, y era nuestro, solo nuestro. Bailar y reír. Reír y bailar.

Pero ella empezó a invitar gente a casa cada noche para que me vieran bailar y como me emborrachaba y tropezaba o me estampaba contra el suelo cuando bailaba. Eso no me gustaba, me incomodaba pero a ella parecía encantarle y reía mas y mas que cuando bailábamos solos.

Los demás nunca bailaban, solo miraban y daban palmas mientras gritaban una y otra vez; -¡baila! ¡baila borracho! ¡baila!. Y todas las noches ya fue igual, aquel salón lleno de gente, que se bebían mis cervezas, escuchaban la música de mi viejo tocadiscos, se fumaban mis cigarrillos, los hombres desnudaban a mi mujer con la mirada y de mí se reían a carcajada límpia, las mujeres solo me llamaban para ridiculizarme ante sus demás amigas, también allí reunidas.

Hasta que me cansé. Ya no quise mas. Una noche me quedé quieto mientras todos daban palmas y reían y gritaban y me miraban esperando que hiciera algo gracioso, pero para mi ya no tenía sentido, me quedé observando sus grotescas caras de felicidad y sus gestos mundanos. Gritaban mi nombre incitándome a seguir bailando. Pero seguí ahí quieto. Paré la música. Pero sus voces no cesaron, seguían gritando y dando palmas.

Agarré a una mujer, tomé su cuello y la besé metiendole mi lengua húmeda hasta la garganta, hacía amagos de apartarse pero la tenía fuertemente agarrada del cuello. La solté. Escupió. Aquel gesto consiguió al fin que todos los presentes callaran. Silencio. Y ahí seguía yo, quieto, observando como sus miradas desprendían odio.

Mi mujer se levantó, se acercó a mi y me derramó su vaso… no sé que contenía pero olía a vomito, da igual, no importa. Me dijo que no quería volver a verme, que ya no era gracioso. Yo no dije nada. Tomé mi viejo tocadiscos y salí de ahí. Alquilé una habitación en una pensión y comencé a bailar solo delante de un espejo, ahí me vi por primera vez bailar, borracho perdido, tropezando, me caí contra el suelo, me sentí patético, me encendí un cigarro y seguí bailando delante del espejo toda la noche con mi camisa sucia de aquel líquido que me derramaron.

Nunca mas volví a saber nada de ella ni de sus fiestas.

3 comentarios

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3 Respuestas a “El Viejo Tocadiscos.

  1. Epi

    Que historia tan triste

  2. …y patética ¿verdad? No todo son cuentos de hada.

    Un saludo Epi.

  3. monze

    hay que mala onda pero en fin

    que bueno que la dejo, pues lo unico

    que queria ella era divertirse a costillas de el

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