Hijo del desasosiego.

Altas horas de la madrugada, se encuentra solo en casa, danzando de la cama a la nevera en busca de una cerveza, abre la puerta y coge la más fría, se vuelve a la cama lata en mano. Se termina la cerveza, no puede dormir, vuelve a abrir la puerta de la nevera, no sabe cuántas latas se ha bebido ya. Continúa largo rato con la monotonía de este paseo. La última lata de cerveza es arrancada de las entrañas de la nevera, con esa vieja y mal cuidada mano, se acerca a la ventana y se queda largo rato mirando, observa todo desde su oculto rincón, por las calles el tráfico es escaso, un vagabundo duerme en un banco, un perro solitario husmea en sus bolsillos, otros dos vagabundos se están peleando por un cuarto de botella de whisky, los semáforos siguen su incansable ritmo sin importar nunca lo que acontece a su alrededor, pasan del verde al ámbar, luego al rojo, después vuelve el verde seguido del ámbar y vuelta al rojo, una vez tras otra.

La cerveza se está calentando, la bebe al trago, aplasta la lata con la mano y la lanza fuerte desde la ventana, el sonido de la lata al golpear contra el asfalto suena estrepitosamente, el vagabundo del banco se despierta sobre saltado, el perro huye, asustado, los vagabundos que se pelean por el whisky cesan su batalla y la botella cae contra el suelo, derramándose así los últimos tragos, es como si el mundo, en aquel preciso instante, se hubiera detenido tan solo unas milésimas de segundo, mientras, el semáforo pasa del verde al ámbar y después al rojo. Cierra la ventana con suavidad, no quiere volver a interferir en el mundo de ahí fuera con otro sonido.

La cabeza le da vueltas, siente angustia, se dirige al cuarto de baño, hunde la cabeza en el retrete y deja salir todo lo que su estómago no puede retener, se lava la boca, se mira en el espejo, se encuentra con un rostro cansado, arrugado, demasiado joven para pasar la noche de la cama a la nevera, demasiado viejo para emborracharse cada noche.

Vuelve a la cama, vuelve a levantarse al cabo de un momento, se dirige a la nevera, no quedan cervezas, se vuelve a acostar, pensando en como sería su vida, si fuera un semáforo.

© 2009 El Viaje a Ninguna Parte.
Imagen; thiita

3 comentarios

Archivado bajo A Ninguna Parte

3 Respuestas a “Hijo del desasosiego.

  1. Aunque a veces no nos sintamos así, somos parte de este mundo, el ruido de todos es el que crea este ambiente decadente dónde hay que pelear por el último trago.

  2. hola como estas? pasaba por tu rincon y esta maravilloso..
    te invito a que visites el mio
    http://www.elmejo.blogsspot.com
    un abrazo! y mucha paz-ciencia..!

  3. Oye esta muy bueno este blogger. Yo creo que la vida es muy aburrida muchas veces, y yo tambien me siento asi como tu. Es cuento gracias !!

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