Y la vida siguió, como si nada.

La conocí una mañana de invierno. Apareció de la nada y se sentó a mi lado. La invité a una trago. Luego a otro. Sabía beber, ya lo creo. Tenía estilo. Cada vaso que tomaba lo dejaba impregnado del carmín de sus labios, en cambio, yo no tenía forma de distingir mi vaso de algún modo, yo solo era uno más como el resto de mortales. Nunca fue la mujer mas atractiva, pero tenía algo que atraía todas las miradas. Nunca supe qué.

Al cabo de poco tiempo, se mudó a mi casa. Estaba cansada de vivir en pensiones baratas y ofrecí mi hogar. Éramos felices, estábamos contentos con lo que teníamos. Yo sobrevivía a la jornada laboral pensando en el momento de volver a casa y verla allí, esperándome. La mantenía, vivíamos con lo que yo ganaba, me gustaba eso. Ella, mientras, se encangargaba de las tareas del hogar. No sé como, consiguió vencer a la torre de cacharros que apilaba en el sucio y mugriento fregadero, las paredes parecían recien pintadas y el mármol del suelo ya no se pegaba en las suelas. Olía a límpio. Además tenía buena mano cocinando, creo que llegué a engordar.

Yo no era de mucho hablar, y mientras cenábamos me contaba lo que había hecho a lo largo del día en el barrio, me hablaba de la gente del vecindario y me dijo que tenía unos vecinos muy simpáticos y agradables. Yo nunca me molesté en saber siquiera sus nombres. Los fines de semana la sacaba del barrio y la llevaba a comer a lugares caros, lejos de tugurios y bares de mala muerte. Teníamos una vida sencilla. Pero era nuestra. Solo nuestra.

Era muy buena en la cama, cada noche hacíamos el amor, nunca tuvo reparo en acostarse en alguien como yo, llegué a tomarle cariño y creo que ella a mi también. Una noche, después del trabajo ella no estaba en casa, decidí esperarla. Cuando llegó, bien entrada la madrugada, me encontró con media docena de latas de cerveza a mi alrededor, y yo borracho. La miré, iba tan arreglada como siempre con sus tacones, su falda larga y su camisa tres tallas menos. Olía a perfume. Le clavé la mirada, pero no le pregunté de dónde venía, ella me observaba un tanto asustada y tampoco dijo nada. Pasaron los días y di aquel tema como olvidado. Creo que ella también.
Pasaron los días, y de nuevo, una noche cualquiera al volver del trabajo ella no estaba. Volvió al amanecer. Pasaban los días y ella ya no hablaba tanto, ya no me contaba sus anécdotas del día, yo seguía sin hablar demasiado.

Otra noche como tantas, tampoco la encontré en casa como ya era costumbre, volvió apestando a ese perfume que ahora tan desagradable comenzaba a parecerme. Yo estaba borracho, pasé la noche esperándola. La llevé a la habitación y me la follé como nunca lo había hecho. Me la follé sin piedad y sin dejarla respirar. Al día siguiente no fuí a trabajar y pasé el día con ella, echándole un polvo tras otro. Después de aquello, parecío que todo volvía a la normalidad. Ella volvía a dirigirme la palabra y contarme sus historias del día. Aunque yo seguía sin hablar demasiado. Nunca fuí hombre de muchas palabras. Nuestras vidas volvían a ser la vida sencilla que un día tuvimos.

Pero otra noche, ella no estaba cuando volví de trabajar, encontré en la cocina una pila de vasos manchados de carmín, y otra pila de vasos, pero estos sin marca alguna, supe que míos no eran. De repente escuché voces en el dormitorio. Agudicé el oído y acerqué mis pasos. Eran carcajadas, luego gemidos, sobre todo gemidos de mujer. Volví a la cocina y esperé. Abrí una lata de cerveza, luego otra mientras seguía esperando, luego abrí otra lata y otra mas, luego otra, luego perdí la cuenta, más tarde perdí la consciencia.
Desperté al día siguiente, la pila de vasos con carmín seguían en el fregadero junto a los otros vasos. Yo me encontraba mareado. Vomité en el retrete y me tomé otra cerveza. Entré a la habitación, ahora vacía, sus cosas ya no estaban. No me dejó ni una nota, no me dejó nada, no se despidió de mi. Sonó el teléfono:

-¿Señor Aniorte?
-Sí.- Conseguí articular -.
-¿Está ustéd interesado en adquirir nuestras últimas promociones y despcuentos de.- Colgué.

Solo quedaba el silencio. Silencio de una casa ahora vacía, silencio entre sábanas tantas veces revueltas. Silencio en mi interior, silencio roto por un corazón podrido de tanto latir.

Y la vida siguió, como si nada.

© 2009 El Viaje a Ninguna Parte
Fotografía: D__

3 comentarios

Archivado bajo A Ninguna Parte

3 Respuestas a “Y la vida siguió, como si nada.

  1. hoy tenia ganas de leer algo asi…

    me encanta saberte escribiendo! saludos compañero!

    Beatriz

  2. Muy bueno me a encantado. En examenes y entre tension leer historias como esta me relaja. Me la imaginaba asi como esta escrita con una voz en off haciendo de narrador en primera persona.
    Nunca fui un hombre de muchas palabras.

    muy bueno ;)

  3. Falta de comunicación, de sexo, de amor… o quizás de todo un poco.
    Muy bueno tío. sigue así.

    P.d: La quería o al menos creía que la quería, ella en cambio me necesitaba…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s