
Hoy es otra tarde de lluvia, igual que ayer. Me sorprendió que en las noticias no se equivocasen con el tiempo que se nos echaba encima, pero así fue y acertaron. La lluvia se dejaba caer sin piedad, con fuerza, golpeando coches, edificios, parques, calles y algún transeúnte que no se fió de la palabra del hombre del tiempo. Mientras tanto yo observaba todo desde casa, como el agua caía sin dejar un respiro, golpeando los cristales de las ventanas. Siempre me gustó el frío que trae consigo las tormentas, así que abrí la ventana y saqué la cabeza, sentía que me mojaba cada vez mas, pero me gustaba, no se porqué pero de pronto cerré los ojos y grité, grité hasta encontrarme completamente empapado, luego volví a meter la cabeza en casa, tenía el pelo chorreando y el agua resbalaba por mi cuerpo hasta formarse un charco a mis pies, pero tampoco importaba demasiado. Hacía fresco, y yo con mi cabeza empapada. Me quité la camiseta y volví a asomarme por la ventana, era cierto eso de que palos a gusto no duelen. Cerré los ojos y abrí la boca para intentar saborear la lluvia, pero apenas sentía las gotas caer, así que acabé sacando medio cuerpo por la ventan, con la cabeza mirando al cielo, los ojos cerrados y la boca completamente abierta intentando probar esa agua. De pronto, una voz: -¡No lo hagas!. Miré hacia abajo, en la acera de enfrente se encontraba una mujer mayor, toda empapada. -¡No lo hagas muchacho!. Volvió a decir. Supuse que verme desde ahí abajo podría parecer otra cosa. Me quedé mirándola, en silencio, pensando, hasta que la mujer volvió a romper el silencio: -¡Muchacho, espera por favor!. Al fin me reí y le contesté: -¡Señora! ¡No es lo que parece!. Segundos después fueron llegando varias personas donde la mujer se encontraba. Me asusté y al fin me metí en casa, pero continuaba asomado.
La gente se aglomeraba bajo la incesante lluvia, alrededor de esa mujer, y yo no entendía nada. Fueron llegando mas y mas personas, no sabría explicarme de donde salían, llegó también una niña cogida de la mano de su madre, todos empapados, sin paraguas ni nada. De pronto la niña se soltó de su madre, apuntó con una mano a mi edificio y soltó un grito. Me di cuenta que no me señalaba a mi. Cuando quise darme cuenta era demasiado tarde, un cuerpo cayó del cielo ante mis ojos. Miré abajo, alguien acababa de suicidarse en mi edificio. Cerré la ventana y me quedé mirando a la multitud de la calle acercarse corriendo hacia el cuerpo inerte. Hoy es otra tarde de lluvia, igual que ayer.
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Escrito en A Ninguna Parte
Se han parado en el camino